La Psi­co­neu­ro­en­do­cri­noin­mu­no­lo­gía estu­dia la rela­ción entre la psi­quis, el sis­te­ma ner­vio­so, el sis­te­ma inmu­ne y el sis­te­ma endo­crino, y ofre­ce nue­vos abor­da­jes para cam­biar la for­ma en que las per­so­nas per­ci­bi­mos el mun­do. Esta nue­va rama de la cien­cia nos mues­tra que la men­te o la acti­vi­dad del cere­bro es la pri­me­ra línea que tie­ne el cuer­po para defen­der­se con­tra la enfer­me­dad, el enve­je­ci­mien­to y la muer­te, y ali­near­se a favor de la salud y el bien­es­tar. Si se pue­de con­di­cio­nar el sis­te­ma inmu­no­ló­gi­co, es por­que se encuen­tra bajo el con­trol del sis­te­ma ner­vio­so; y, a su vez, el sis­te­ma ner­vio­so está bajo el con­trol de nues­tros pen­sa­mien­tos.

Cone­xión entre la men­te y el cuer­po

Se ha demos­tra­do con cla­ri­dad que exis­te una cone­xión entre la men­te y el cuer­po, y es la Psi­co­neu­ro­en­do­cri­noin­mu­no­lo­gía la que nos pro­por­cio­na aho­ra algu­nas res­pues­tas, ayu­dán­do­nos a enten­der mejor cómo se trans­for­man las emo­cio­nes en sus­tan­cias quí­mi­cas, molé­cu­las de infor­ma­ción que influ­yen en el sis­te­ma inmu­no­ló­gi­co y en otros meca­nis­mos de cura­ción del cuer­po. Las emo­cio­nes son un puen­te no solo entre la men­te y el cuer­po, sino tam­bién entre el mun­do físi­co y el espi­ri­tual. El ser humano es su pro­pio pro­duc­tor de dro­gas, que sólo tie­ne que vol­ver a apren­der a esti­mu­lar sus dro­gas endó­ge­nas, según sus pro­pias nece­si­da­des y deseos. La gama de dro­gas endó­ge­nas abar­ca des­de esti­mu­lan­tes, anti­de­pre­si­vos, ansio­lí­ti­cos, anal­gé­si­cos, etcé­te­ra.

Exa­mi­nar ideas, creen­cias y sen­ti­mien­tos resul­ta una expe­rien­cia de cam­bio de vida. Las neu­ro­cien­cias han dado ori­gen al con­cep­to de neu­ro­plas­ti­ci­dad, que no es otra cosa que la habi­li­dad natu­ral del cere­bro para for­mar nue­vas cone­xio­nes. Cada vez que apren­de­mos y tran­si­ta­mos por expe­rien­cias nue­vas, cien­tos de miles de neu­ro­nas se reor­ga­ni­zan. La plas­ti­ci­dad del cere­bro o la capa­ci­dad de cam­biar su for­ma físi­ca cons­ti­tu­ye una de las pro­pie­da­des más asom­bro­sas en el cam­po de la neu­ro­bio­lo­gía. Nues­tros genes no están ente­rra­dos en nues­tra bio­lo­gía. Muy por el con­tra­rio, nues­tros genes se mani­fies­tan en todo momen­to en res­pues­ta a todo lo que esti­mu­la nues­tra curio­si­dad, nues­tra sor­pre­sa y fas­ci­na­ción. Nues­tros genes se acti­van y se des­co­nec­tan en res­pues­ta a nues­tras espe­ran­zas, deseos, fan­ta­sías y sue­ños. Entre las con­clu­sio­nes más impor­tan­tes que se des­pren­den de su tra­ba­jo pode­mos enun­ciar:

La men­te, las ideas y las emo­cio­nes afec­tan a nues­tras molé­cu­las, a nues­tra salud físi­ca, mucho más de lo que se creía.
Las emo­cio­nes son un puen­te no solo entre la men­te y el cuer­po, sino tam­bién entre el mun­do físi­co y el espi­ri­tual.
Todas las molé­cu­las poseen un aspec­to vibra­cio­nal y otro de par­tí­cu­la o fisio­ló­gi­co. las molé­cu­las de las emo­cio­nes afec­tan a todas las célu­las del cuer­po.
Esas molé­cu­las y las vál­vu­las del cora­zón, los esfín­te­res del apa­ra­to diges­ti­vo, la pro­pia diges­tión, está todo regi­do por las molé­cu­las de emo­ción que tie­nen una acción físi­ca.
El ser humano es su pro­pio pro­duc­tor de dro­gas, que sólo tie­ne que vol­ver a apren­der a esti­mu­lar sus dro­gas endó­ge­nas, según sus pro­pias nece­si­da­des y deseos. la gama de dro­gas endó­ge­nas abar­ca des­de esti­mu­lan­tes, anti­de­pre­si­vos, ansio­lí­ti­cos, anal­gé­si­cos, etcé­te­ra.
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