Ecoética: actuar bien en nuestro ecosistema social

Cota Mil, Cara­cas.

Actuar des­de el ejem­plo es una de las mejo­res for­mas de lograr cam­bios posi­ti­vos en los demás.

Pasea­ba como muchos domin­gos en la Cota Mil que es una suer­te de incóg­ni­tas y de des­co­no­ci­dos, enfun­da­dos en esa para­fer­na­lia depor­ti­va que nos hace aún más irre­co­no­ci­bles, leja­nos, no iden­ti­fi­ca­bles. En medio de esa con­cen­tra­ción en mi desem­pe­ño, al final de la subida de La Cas­te­lla­na paso por un pues­to –el Tol­do Naran­ja, aten­di­do por una seño­ra y su hijo, Yolan­da y Miguel– que, a pesar de mi dis­fraz, de mi esfuer­zo y con­cen­tra­ción, Yolan­da excla­ma, con pro­fun­do amor: ¡bue­nos días! ¿cómo está?.

Adiós con­cen­tra­ción, pul­sa­cio­nes por minu­to, caden­cia. De inme­dia­to con­tes­te: muy bien ¿Y Uds.? inefa­ble res­pues­ta con extre­ma emo­ción: Bien, gra­cias!!!!.

Seguí mi camino, ya no cen­tra­do en mi ren­di­mien­to aeró­bi­co sino intri­ga­do y a la vez delei­ta­do por aquel ges­to de un des­co­no­ci­do para otro. Impul­sa­do con esa sen­sa­ción de bien­es­tar, seguí vía este, con pla­nes de lle­gar, como siem­pre a El Mar­qués y devol­ver­me.

Pero un par de kiló­me­tros más allá, sim­ple­men­te el cuer­po no pudo más; tomó con­trol mi emo­ción y me dije: ten­go que hablar con esa seño­ra. Regre­sé, me qui­te cas­co y len­tes y pre­gun­té: ¿Por qué esa ama­bi­li­dad? ¿Cuán­ta gen­te de la que pasa por aquí salu­da y cuán­tos res­pon­den? Salu­da­mos a todos, me dijo Yolan­da, al prin­ci­pio sólo res­pon­día como el 30%, aho­ra va como por el doble. Yo me lla­mo Ger­mán y Uds.? Yolan­da y Miguel, res­pon­dió, mien­tras aten­dían ama­ble­men­te a sus clien­tes en bús­que­da de tiza­na, jugo de naran­ja y de bana­nas. Somos cris­tia­nos, me incre­pó. Lo intere­san­te es que, más allá de la reli­gión, salu­da­ban a los que pasa­ban por allí, sin saber si eran cris­tia­nos o musul­ma­nes, si les iban a res­pon­der… si les iban a com­prar. Sólo por la satis­fac­ción de dar algo de ellos a los demás, sin espe­rar nada a cam­bio.

 

Eco­éti­ca: actuan­do posi­ti­va­men­te en nues­tro entorno social

Uno de los tópi­cos que for­ma par­te de los talle­res de tra­ba­jo en equi­po que tene­mos la dicha de impar­tir en nues­tra empre­sa tie­ne que ver con algo que se deno­mi­na la eco­éti­ca, enten­di­da como el actuar bien en nues­tro eco­sis­te­ma social, sea este la empre­sa, la fami­lia o ese entorno de des­co­no­ci­dos con los cua­les nos cru­za­mos a dia­rio. Éti­ca tie­ne que ver con el res­pe­to a los demás des­de el res­pe­to a si mis­mo, con esa con­si­de­ra­ción de otro; es la vía de la mani­fes­ta­ción de amor que es la acep­ta­ción de los demás en el enten­di­do de que son dife­ren­tes.

Ese hecho refor­zó, des­de mi cuer­po y mi emo­ción, ese con­cep­to de eco­éti­ca de nues­tro taller, apar­te de dejar­me con una sen­sa­ción de bien­es­tar que hizo que has­ta olvi­da­ra los calam­bres y las 130 pul­sa­cio­nes por segun­do. Me que­dé ade­más a con­tem­plar cómo la gen­te se dete­nía a sim­ple­men­te con­su­mir algo o a salu­dar con la fami­lia­ri­dad que esa gen­te naran­ja –no sólo por sus jugos– brin­da todos los domin­gos.

¿Qué pasa­ría que cada uno de noso­tros hicié­ra­mos eso mis­mo con al menos cin­co des­co­no­ci­dos, espe­ran­do a cam­bio nada más que la satis­fac­ción de haber­lo hecho? Una de las mejo­res for­mas de pre­di­car es con el ejem­plo. Nues­tra socie­dad, y me refie­ro a la vene­zo­la­na, ha per­di­do las­ti­mo­sa y pau­la­ti­na­men­te, el res­pe­to, la con­si­de­ra­ción, el res­pe­to por los demás, pero sobre todo, por uno mis­mo; no impor­ta edad, cla­se social o situa­ción, siem­pre esta­mos per­ma­nen­te­men­te impo­nién­do­nos sobre los dere­chos de los demás sin impor­ta­nos las con­se­cuen­cias. La infla­ción y esca­sez even­tual­men­te des­apa­re­ce­rán, pero se hace nece­sa­rio refor­zar esa éti­ca, ese res­pe­to, ese amor por uno y por los demás, por saber que esta­mos hacien­do bien las cosas sim­ples y coti­dia­nas.

Mi invi­ta­ción final: reto­me­mos el amor y el res­pe­to por los demás, sin espe­rar de ellos nada a cam­bio sino su cam­bio des­de nues­tro ejem­plo.

Has­ta la pró­xi­ma. Nos vemos en el Tol­do Naran­ja.

Germán AlvarezEscri­to por:
Ing. Ger­mán Álva­rez Cádiz
Coach Onto­ló­gi­co Pro­fe­sio­nal
@galvarezcadiz


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